La magia y el TDAH (trastorno por déficit de atención e hiperactividad)

16 febrero, 2015

¿Inquieto o apasionado?

¿Inquiet@ o apasionad@?

A veces cuando buscamos noticias sobre la magia para llenar de color este blog, nos encontramos con iniciativas de ayuda a asociaciones que buscan apoyos para continuar con su labor. A veces, como en esta ocasión, los fines que se buscan nos invitan a una parada y a una reflexión sobre nuestra propia ética.

Hace unos días encontré una noticia sobre una gala de circo organizada a favor de una asociación centrada en la ayuda a los niños con TDAH: “trastorno por déficit de atención e hiperactividad”. Se realizaba en un teatro y se había conseguido que muchas personas y grupos diferentes se unieran para entretener con teatro, clown, magia, malabares, fuego y música. En resumen, que organismos, empresas, artistas y asociación habían hecho causa común para abordar una problemática que solo se centra en los niños, sin poner en duda si la propia definición está herrada.

Quienes amamos la magia y la creación de risas e ilusión, nos sorprende el reconocimiento social que sigue teniendo esta enfermedad pese a que ya se ha demostrado que no es real, que no hay evidencia clínica o científica que lo justifique. Se estigmatiza al niño, tratándolo como discapacitado, al no seguir el comportamiento que la sociedad define como “normal”. Esos niños tienen una personalidad imaginativa, creativa y dinámica, que en ambientes como los actuales desemboca en crisis, alteración e incomprensión. No encajan con los ritmos de la sociedad y se les medica.

Padres preocupados que quieren lo mejor para sus hijos y gente queriendo ayudar a estos padres que se sienten perdidos. Estamos viendo que esta supuesta enfermedad está afectando a un porcentaje muy amplio de los niños. Además se observa su cuadro clínico solo refleja lo que era antes ser un niño, sin tener en cuenta factores como el estrés, o cómo afecta el exceso de azúcar o el exceso de horas quietos en clase a lo que se suman horas frente a un televisor, ordenador o más horas haciendo deberes. Me surge la pregunta ¿no será que lo que está enfermo y descuadrado es la sociedad, el entorno o las necesidades individuales que atrapan a los padres?

No quiero con esto que parezca que no entiendo los sentimientos de padres y niños, que no se ofendan los expertos, solo invito a la reflexión. No podemos cambiar nuestros trabajos, horarios, o las exigencias académicas ¿o tal vez sí? ¿De verdad asumimos como normal que cientos de niños sean diagnosticados y después medicados o llevados a otros espacios diferenciados porque no aprenden a leer a tiempo, las matemáticas no les entran y se pasan la vida soñando, imaginando, moviéndose, jugando? Su agresividad o su imposibilidad de concentración ¿no será consecuencia del entorno social? ¿No importa nada que los científicos que defienden su existencia no tengan en qué apoyarse y estén siendo pagados por los laboratorios que venden los medicamentos?

Me aterra que consideremos a estos niños como enfermos y que pensemos que son niños con “…una discapacidad invisible… es un trastorno neurológico crónico, que físicamente no se nota”.

¿Dónde está el origen de esta epidemia que lleva a más de un caso por familia? No debemos olvidar que se trabaja sobre los síntomas, no sobre la causa y aplicado a niños desde edades muy tempranas.

Yo propondría que se hicieran galas para invitar a reflexionar sobre esto, pues muchos depositan en la ciencia y en las pastillas soluciones rápidas que permiten seguir viviendo con “normalidad” dentro de una sociedad. Es verdad, es mucho más complicado darles tiempo a los padres para pasarlo con sus hijos, por no hablar de cambiar el sistema educativo actual. Pero si nuestros niños están padeciendo las consecuencias ¿no deberíamos iniciar los cambios?